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LA CASA TRADICIONAL DE SAYAGO
Se corresponde, en su estructura, con la casa rural de la época romana. Corral delantero, portal con poyos de piedra para acceder a la mitad de casa o prezacasa, desde la cual se daba paso al resto de habitaciones: sala con alcobas, cocina con amplia campana, despensa, cernedero y sobrado. Pobre, en armonía con una tierra pobre, llena de rincones y recovecos, fruto de ampliaciones o recortes, sin otra alineación que el gusto o el anárquico capricho o las necesidades familiares, lo cual no deja de conferirle cierto encanto. El piso, generalmente de lanchas, con frecuencia lo formaba la propia peña. Anchas paredes de piedra asentadas en barro, y tabiques interiores de adobe. Las paredes interiores se blanqueaban con barro blanco (caolín) de Tamame o Peñausende. Los tejados de ripia de escobas o jara. Raquíticas ventanas para preservar del frío o del calor exterior.
Aquella vivienda de nuestros abuelos va camino de desaparecer, ante el proceso vertiginoso de las modernas construcciones de corte más de ciudad, si bien muchos sayagueses comienzan a valorar lo antiguo, y, en lugar de derribar y tirar sin control, están iniciando una labor de reconstrucción digna de todo reconocimiento y aplauso.
DEPENDENCIAS DE LA CASA TÍPICA SAYAGUESA
LA COCINA con su enorme campana de humos, que alcanzaba casi a la mitad de la misma, servía como lugar de reunión familiar, además de comedor, y, muchas veces, donde recibir las visitas.
Al frente el “chupón”, fogón para la lumbre baja, del que pendían las llares con el caldero. Estaba delimitado por ambos vasares. Los flancos de la cocina lo ocupaban dos escaños, con pellejos de oveja, que se utilizaban como asientos y como improvisado sofá para la siesta al calor de la lumbre. Entre el mobiliario destacaba la pequeña mesa cuadrada con un cajón donde se guardaba el pan, cubiertos y sobrante del tocino de la comida. En torno a esa mesa se sentaba la familia para comer en sus correspondientes tajuelas.
EL HORNO se adosaba en forma semicircular, a modo de ábside, hacia el exterior de la casa, para evitar así posibles incendios. La pequeña boca estaba en el interior del cernedero, donde se hacía el pan, y, a veces, en la propia cocina aprovechando de esta forma el chupón y chimenea común. El suelo, con capacidad para 6-10 panes, se cubría con baldosas de barro para retener el calor, y la bóveda con ladrillo refractario.
LA SALA era la habitación principal de la casa. El centro lo ocupaba una camilla para comidas y reuniones importantes, matanzas, bautizos, etc. El paso del tiempo lo marcaba un gran reloj de péndulo colocado en alguna esquina. La cómoda, con varios cajones, guardaba la ropa nueva. Una raquítica ventana daba mínima luz al interior y a las dos alcobas, donde dormían los mayores.

EL CORRAL constituye la parte delantera de la casa y pieza principal de la misma, donde se recoge el ganado, que llega del campo, antes de pasar a sus estabulaciones correspondientes.
La grandeza de su portalada o entrada, de sillares labrados, era indicio de lo acomodado que vivía o aparentaba su dueño. Generalmente era amplia, lo suficientemente alta para permitir la entrada del carro cargado con hierba, leña o escobas para la cocina y el horno. Enorme puerta de dos hojas, en una de las cuales se abre otra más pequeña para el paso de personas y animales. Para protegerla de la lluvia se cubre con un tejadillo a dos aguas. Su herraje, clavos y picaporte, constituyen interesantes piezas artesanas del herrero del pueblo.

LA TENADA o cabañal era un cobertizo para el ganado. Formaba parte del corral y se alineaba generalmente a lo largo de la pared frontal al portal. Disponía de varias entradas, evitando con ello el que sirviese de jaula o trampa a los animales más débiles.
EL COMEDERO DE LAS VACAS, Tenía, a veces, puerta con la misma cocina, para facilitar así la atención a las vacas a la hora de “apajar” y repetir las sucesivas “posturas” (un poco de paja y harina), mientras su dueño cenaba o se calentaba a la lumbre. Era del suficiente largo para dar cabida al número de vacas. La que más podía entraba en primer lugar y así el resto, hasta ocupar cada una su puesto en las “piloneras”, pilas alargadas de piedra con dos o tres pesebres, que dividían al comedero en dos espacios; uno más amplio para las vacas, otro, a manera de pasillo, para el dueño que lo recorría para echarle la paja y harina. Hoy esas pilas, ya en desuso, se reutilizan como jardineras para poner flores.

EL PAJAR comunicaba desde el interior con el comedero, y desde el exterior con la calle, desde donde se llenaba de paja con la bielda a través del “boquero”, un pequeño hueco casi a la altura del tejado.
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