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La artesanía en popular de Sayago PDF Imprimir E-mail

LA CERÁMICA

En los primeros asentamientos y castros sayagueses de finales del Neolítico (piedra pulimentada) y principios del Calcolítico (Edad del Cobre), hace unos 4000 años, aparecen vestigios y fragmentos de la primitiva y rudimentaria cerámica, aún sin torno. Desde entonces, de manera ininterrumpida, arcillas y caolines (arcilla blanca) han sido dominadas, sobre todo por manos femeninas, hasta nuestros días. En pueblos como Almeida, Cibanal, Fresno, Fermoselle y Fornillos fueron, hasta hace poco tiempo, conocidos sus tejares. Carbellino, y sobre todo Pereruela, se distinguieron en el arte alfarero: cántaros, pucheros, botijos, ollas, tinajas, baños y otros cacharros fueron elaborados en el obrador familiar hasta la llegada de las nuevas tecnologías. Especialmente han alcanzado fama internacional las cazuelas y los hornos de Pereruela.


LA PIEL Y EL CUERO

Fermoselle ha sido por excelencia el pueblo que más se ha distinguido en el trabajo de la piel y el cuero. Han tenido fama las familias de boteros, dedicados, como su nombre indica, a confeccionar botas para el vino y pellejos (odres) para el vino y aceite. Hubo talabarteros de cuyos talleres familiares salieron albardas, mullidas, colleras, correajes y otros aperos de cuero necesarios en la labranza. Chanqueros que hicieron chancas, el calzado tradicional en Sayago. Todavía podemos ver todas esas piezas en algún rincón de los sobrados, en algún museo particular o en los etnográficos que comienzan a proliferar.

 


LOS TELARES

La lana de la oveja churra, así como la de oveja castellana, constituyó la materia prima para la elaboración artesana de las prendas de vestir, mantas, toquillas, así como alforjas y costales. La rueca y el huso fueron utilizados por todas las abuelas. El telar familiar fue complemento de la actividad agrícola, que vio multiplicar su número en los pueblos sayagueses durante el siglo XVIII. Sólo dos de aquellos rudimentarios y sencillos telares se conservan en Sayago aunque ya parados por jubilación de sus respectivos dueños. El de Almeida y el de Moralina, de Emilio Mielgo y Felicísimo Pascual respectivamente. Como joyas representativas de un pasado histórico deben ser considerados y conservados.

 


TRAJE CHARRO SAYAGUÉS

El traje charro es el típico y tradicional de la comarca. Dentro de unas parecidas líneas hay ligeras diferencias entre los pueblos. El de la mujer es siempre más vistoso con el fin de ensalzar su figura y belleza. El más rico en decoración es lógicamente el de ceremonia, el de boda y fiesta. El de diario es sencillo, rústico, sin lujos. El traje charro es una recopilación de detalles e influencias a lo largo de su historia, que hoy decoran sus bordados: discos solares que nos remontan a la época prerromana y romana, abalorios de origen griego, elementos florales medievales, pajaritas estilizadas importadas del Nuevo Mundo desde el momento de su colonización, dijes y amuletos contra el mal de ojo, medias lunas y corazones de influencia musulmana, el pez, símbolo de la virginidad y del cristianismo, y algún que otro adorno. Las prendas femeninas más elaboradas son: la saya o manteo, el mandil o delantal, la escarpina, las cintas del pelo y las de atrás o costaleras. Entre la joyería destacan los hilos de oro, encomiendas y los pendientes. En las prendas masculinas los botones de plata del chaleco y en el pantalón a la altura de la pantorrilla.


LA MADERA

El sayagués hubo de ingeniárselas para sobrevivir en una tierra que le ha sido siempre hostil. Toda carencia la suplió con su ingenio y habilidad. Labrador y carpintero, logró que algunos útiles de cocina, la humilde y sencilla mueblería, así como sus aperos de labranza, confeccionados con su hacha, azuela, sierra y lima, se convirtieran  en verdaderas obras de arte, dignas de exposición en cualquier museo etnográfico. La encina, el fresno y el negrillo, tan abundantes en Sayago, dieron las maderas nobles para conseguir badajos, cucharas, cucharones, tenedores y morteros que aún siguen confeccionándose en Torregamones, Zafara y Cibanal. Cubas para el vino en el primero de estos pueblos. Escaños, tajuelas, arcas, alacenas, cómodas, mesas, bancos y escabeles constituyeron las piezas más destacadas de sus muebles. Yugos, arados, bieldos y bieldas, horcas o tornaderas, carretillos para el agua, carros de “mondar” y carros de transporte fueron sus principales aperos de labranza. Con la llegada de la electricidad y las máquinas, bien entrado el siglo XX, la elaboración  de estos carros pasa a realizarse de manera más industrial en varios pueblos sayagueses, entre los que destacó Almeida con cuatro carreteros. También se fabricaron en Fresno, Moralina, Escuadro, Torregamones y Argañin, sin perder nunca el carácter artesano.

 


EL MIMBRE

on ya contados, los labradores que supieron armonizar su trabajo en el campo con el de la mimbre, como complemento de su economía. Las mimbreras se hallan abandonadas a su suerte. Nos queda sólo el recuerdo y reconocimiento de aquellos artesanos. Entre las piezas que nos legaron aún pueden verse: cestillos, cestos grandes y pequeños, cestas de distintas formas y tamaños, “asnales”, etc.


LA PAJA DE CENTENO

El centeno ha sido el cereal por excelencia de Sayago. Con el bálago, paja larga tras quitarle el grano, las mujeres sayaguesas supieron darle vida y forma, y convertirlo en obras de arte. Desde el sombrero de verano a los capachos y serones; grandes escriñas para conservar el embutido; escriños para la harina; cestillos y cuencos para las patatas; costureros y joyeros; para rellenar el interior de albardas, y colleras; para los jergones de paja; para el rodete de la caldera de la matanza y otros útiles no menos necesarios.


EL CUERNO

Los cuernos de las vacas y toros sayagueses fueron reutilizados aprovechando su forma. Sirvieron para llevar en agua la piedra de afilar de la guadaña, como fiambrera para el tocino, para embutir en tripa las carnes de cerdo y hacer chorizos, para hacer morcillas. Con la punta de la navaja se grabaron curiosos dibujos por pastores o boyeros. Calentando el cuerno se convirtió en peces, aves y otros animales, de manos igualmente pastoriles.


LA PIEDRA

La piedra, a pesar de su dureza, ya fue dominada por los hombres más primitivos en la talla de sus hachas paleolíticas, neolíticas, primeras molineras a mano y estelas funerarias, presentes en varios pueblos sayagueses. A partir de entonces y hasta nuestros días, el sayagués fue dejando muestras de sus trabajos en piedra en brocales de pozo, pilas de lavar y para el ganado, piedras labradas o bien esquinadas para portadas y ventanas. Y ha demostrado, como ninguna otra comarca, el esfuerzo y buen hacer en levantar infinidad de paredes para el cerramiento de sus fincas. La piedra, tan pródiga y presente en la comarca, ha servido para levantar multitud de puentes de todo tipo, fuentes, potros, casas y dependencias que armonizan y se confunden entre el paisaje rocoso.


LA FORJA DEL HIERRO

Si hubo un artesano por excelencia, ese fue el herrero, que con su martillo, yunque, lima y sobre todo habilidad, consiguió ennoblecer el hierro, y llevarlo a la categoría de arte, en útiles cotidianos como: aperos, cuchillos, navajas, hachas, sierras, clavos, cerraduras, rejas de ventanas, barandillas de balcones, aldabas, y picaportes con su sello propio.

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