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CURANDERISMO
Una de las costumbres más arraigadas en el medio rural sayagués, que está a punto de desaparecer, es la del curanderismo, tan antiguo como el hombre. Los curanderos y curanderas de Sayago son labradores o ganaderos que, en sus ratos libres, están siempre dispuestos a curar desinteresadamente a personas o animales. Por ello son muy queridos y respetados entre sus vecinos. Sus poderes, sus dones, su gracia, sus méritos como ellos mismos manifiestan, han sido generalmente transmitidos por sus ascendientes de generación en generación como herencia o como un regalo del cielo. La fórmula curativa viene a ser una mezcla de rito pagano y rito cristiano ya que reúne conjuros y trazado de cruces y rezos. Quienes hacen entrega de sus poderes, los pierden sin poderlos ya recuperar. La transmisión consiste en decir las palabras, gestos y plantas, si es que se aplican, al receptor, que guardará todo en el mayor secretismo hasta el momento de su cesión de nuevo a un tercero.
Es difícil encontrar una explicación racional y científica a ciertas curaciones en nuestra sociedad actual. Es posible que la fe, la dosis de esperanza, que reciben los enfermos de estas personas enigmáticas, sean suficientes para causar lo que la medicina conoce como el efecto placebo, capaz de obrar prodigios.
Los curanderos más solicitados son aquellos que curan el culebrón (Herpes zoster), eczemas, psoriasis, verrugas, clavos, y los cocos (gusanos) del ganado. Los hay también que se atreven con luxaciones de tobillo o columna, manqueras en el lenguaje sayagués, mediante masajes, ventosas, tirones de la piel, etc.
MEDICINA POPULAR
Cuando los romanos llegaron a Sayago les sorprendió el alto conocimiento y aplicación que tenían sus habitantes de las plantas medicinales. Conocimiento del que tomaron buena nota e incorporaron a su farmacopea y recetas.
Es otra de las costumbres en vías de extinción. Sólo las personas más ancianas son conocedoras de tales plantas y de la preparación de las dosis curativas.
La relación de estas plantas medicinales y sus aplicaciones es larga, por lo que tan sólo cabe destacar algunas. Se invita al lector a que participe y cuelgue en esta página aquellas otras que se han utilizado o utilizan todavía en su pueblo: la triaca (Veronicas officinalis) y la consuelda (Symphytum officinale) para cicatrizar y desinfectar cualquier herida, la ruda (Ruta montana) para inflamaciones y para producir abortos, “basilios”, ombligo de Venus (Umbilicus pendulinus) para las cortaduras, la celidonia (Chelidonium majus) para las verrugas, La ortiga mayor (Urtica dioica) contra la caída del pelo, poleo (Mentha pulegium), orégano (Origanum vulgare) y manzanilla (la Matricaria Chomomilla o la Anthemis nobilis) para problemas digestivos, el hinojo (Foeniculum vulgares) para abrir el apetito, la malva (Malva sylvestris) para cataplasmas,etc, etc.
CREENCIAS Y SUPERSTICIONES
Bien es cierto que la fe hace milagros y que la fe, que ahora se está perdiendo, fue denominador común entre los sayagueses de más edad. Con frecuencia han recurrido a los poderes sobrenaturales, a la Virgen, a los mártires, como recurso a sus dolencias, por considerar que el dolor y la enfermedad son consecuencia del castigo divino por el pecado original. Así, para el dolor de garganta se ponían al cuello las cintas de San Blas bendecidas en Pasariegos o en Villar del Buey en el día de su fiesta. Contra la rabia se acudía a la ermita de Santa Catalina de Palazuelo. San Isidro ha sido el protector de los campos y a él se hacían rogativas en ese sentido. Santa Lucía protegía la vista. Cuando alguien pierde alguna cosa se sigue recurriendo al responsorio de San Antonio…
Pero a veces la fe cristiana arrastra todavía el lastre de las primitivas creencias y supersticiones paganas, lo que origina una mezcla de ambas culturas a la hora de buscar remedios contra la enfermedad del familiar o de los animales, contra el rayo, el pedrisco o la catástrofe. Para librarse de las asechanzas del diablo o espíritu maligno, así como del “mal de ojo” de la bruja de turno, los sayagueses han encontrado siempre remedios preventivos y curativos. Entre los primeros, han sido comunes en todos los pueblos el escapulario o un trocito de piedra de ara del altar para proteger a los niños del mal de ojo, las reliquias para lograr buenos alumbramientos en las mujeres y en los partos de las vacas o de las cerdas, el agua bendita para salpicar la casa y estabulaciones al tiempo de recitar esta jaculatoria: salid espíritus malignos, el Señor quede con nosotros, en el nombre del Padre, etc.. Son también comunes otros amuletos preventivos como la pata de conejo o de tejón; un ramo de ruda colgado a la puerta o en la chimenea ahuyenta con su mal olor a cualquier bruja que se acerque. Cuando el cerdo o el ternero no maman, cuando el niño no concilia el sueño, es achacado a que la bruja le ha echado mal de ojo. Entre los remedios que se aplican a estos problemas puede ser la Vela María que lució el Jueves Santo en la Iglesia, el agua bendita o algún conjuro. Para proteger la casa del rayo se coloca en la ventana un ramo de laurel bendecido el Domingo de Ramos. Una cruz, hecha con palitos del mismo, se acostumbraba a colocar entre el garbanzal o clavarla en el postigo con idéntica intención. Para detener el nublado que amenazaba piedra, se tocaban las campanas por el experto del pueblo para detenerlo. El cuervo y el “mosco” negro presagiaban muerte o desgracia. Los dientes de erizo evitaban el dolor en la salida de los primeros dientes.
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