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Si la revolución neolítica fue tardía para Sayago, como consecuencia de la difícil comunicación con las comarcas próximas debido a los infranqueables Arribes del Duero y Tormes, la llegada de los metales debió ser aún más larga en el tiempo. Esto supuso que los sayagueses continuasen durante mucho tiempo con las herramientas de piedra. La única pieza de cobre, primer metal descubierto por el hombre, fue hallada en el dólmen de Almeida. Si no se ha encontrado nada más de cobre, y nulas son prácticamente apariciones de bronce, podemos deducir que, hasta la llegada del hierro, unos 3.000 años a. de C., en Sayago, sus habitantes desconocieron la primera etapa de la metalurgia.
En la Edad del Hierro, y con la llegada de las tribus vettonas celtas (siglo VI a. C.), en Sayago sí que aparecen restos arqueológicos más precisos, cerámica elaborada ya con torno e incluso incisa, esto es, con las primeras manifestaciones del arte mediante incisiones con la uña o algún palito. Entre esos restos aparecen también pondus y fusayolas correspondientes a los primitivos telares en los se comenzó a tejer el típico “manto” sayagués usado por los pastores. Asimismo, en los múltiples asentamientos han aparecido las típicas molineras barquiformes para moler trigo o bellotas. Pero quizás lo más importante de la población primitiva sayaguesa fue su vida comunitaria, una costumbre que casi ha llegado a nuestros días. La tierra común y sus productos también comunes, que se repartían equitativamente entre los miembros de aquella sociedad. Lagares comunitarios, hornos de fundición de uso común, vecera común, cabriada común, trabajos cooperativos y tareas de todos para solucionar problemas de todos.
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