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Desde el punto de vista histórico y social, los siglos XIX y XX fueron para Sayago tiempos desfavorables y de sufrimientos. No se vio libre de la serie de guerras: primero de La Independencia, luego Carlistas, posteriormente de Cuba y Filipinas, la tristemente célebre de África, Primera y Segunda República y, para colmo y final, la Guerra Civil.
Tanto desastre afectó lógicamente a la economía sayaguesa. Los franceses, que ocuparon la comarca especialmente la zona fronteriza, se llevaron, como contribución de guerra, las pocas joyas disponibles, requisaron animales y buena parte de los cereales cosechados, y no pocos sayagueses fueron fusilados. Unos por ofrecer resistencia. Otros por sus propios paisanos al considerarlos afrancesados.
El propio monarca, Fernando VII, permitió a su ministro Mendizábal, período 1835-55, suprimir las órdenes religiosas y poner en subasta pública sus bienes y los de la Iglesia, bajo el pretexto de llevar a cabo una reforma agraria, acabando con los latifundios en beneficio de los más pobres. La mayor parte de las dehesas de Sayago salieron a subasta, pero fueron adquiridas por la clase pudiente, salvo contados casos en que algunos pueblos se unieron para comprarlas y repartírselas en lotes. Lo cierto es que los ricos aumentaron sus bienes y los pobres se hicieron más pobres, porque éstos compraban con dinero del terrateniente del pueblo en quien declinaba finalmente la propiedad. El fraude en las subastas fue por tanto manifiesto. Pero tuvo otras repercusiones políticas y sociales. El rico prestamista, a quien se le dio el sobrenombre de “cacique”, daba dinero a crédito, quedando el que lo recibía con el compromiso de emitir su voto en las elecciones para quien se le ordenaba, las denominadas “Elecciones del Pucherazo”.
España entera pudo ver cómo conventos y monasterios, llenos de obras de arte de gran valor, fueron expoliados; los edificios abandonados, y robadas luego sus piedras.
Por si fuera poco el desaguisado de Medizábal, Madoz, su sucesor, sacó a subasta los terrenos comunales de los pueblos. Sayago alegó como recurso, en el que hubo de presentar la escritura de compraventa, que tales terrenos fueron comprados a Felipe V. Aún así varios pueblos vieron mermados esos terrenos que venían siendo aprovechados de siempre por sus vecinos.
Sayago, marginada una vez más en el siglo XX, pudo escuchar el silbido del tren que recorría los pueblos portugueses del otro lado del Duero. La unión con esas líneas hubiera supuesto la salida hacia el mar y un respiro al subdesarrollo.
Quizás, como recompensa a los votos a su entonces diputado Requejo, Sayago quedó comunicada con la vecina comarca de Aliste, a través del magnífico puente de estructura metálica que cruzó el Duero: El Puente Requejo, 1914 como consta a la entrada del mismo.
Sayago contribuyó como ninguna otra comarca al progreso de España mediante la producción hidroeléctrica con seis embalses en el Duero y otro en el Tormes, con los consiguientes impactos medioambientales negativos y pérdida de terrenos inundados.
Cabe mencionar el que, los pueblos limítrofes, hasta los días en que se abrió definitivamente la frontera con Portugal de uno y otro lado, buscaron, como complemento a su precaria situación económica, el trueque de productos mediante el conocido sistema del contrabando: café y azúcar de Portugal a cambio de harina o carne, que pasaban a nado o a través de una cuerda.
La mecanización del campo ha supuesto, como para toda la España agrícola, un enorme proceso de desarrollo. A cambio, gran número de jornaleros perdió su trabajo y hubo de buscar nuevos horizontes, en un éxodo casi masivo, hacia otros puntos de la Europa industrial.
Los servicios recientes de alcantarillado y agua corriente han supuesto mayor comodidad e higiene, pero han propiciado un cambio profundo en la típica vivienda sayaguesa.
En cuanto al arte no se perciben cambios importantes. Hasta mediados del XIX continua imponiéndose el Neoclasicismo. A partir de aquí, los aires de libertad llegaron a los artistas y cada cual fue imponiendo sus gustos y criterios.
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